Reflexión: Escuchando Voces

Vi un drama de televisión hace unos años sobre el asesinato de una escritora joven, prometedora y capaz. La persona que la mato quería robarle sus escritos y hacerlos propios. El asesino creía que la joven escritora poseía dos cosos que el carecía — una voz y un futuro. Lo que el asesino equivocado  no sabía es que todos tienen una voz y la voz de otro saliendo de la nuestra sonara fuera de tono e inauténtica.

Nuestra voz es nuestro lenguaje personal inimitable — como nos expresamos, sea a través de las artes o de otras innumerables maneras de compartir nuestras experiencias vividas. Cada voz cuenta una historia única. Al darle voz a nuestras experiencias, invitamos a otros a conocer un poco de nuestras luchas, nuestros sueños, nuestra fe — nuestra historia.

La fe es lo que hace la diferencia en la historia de un cristiano y en la manera en que su voz es expresada. Cada historia incluye a Dios como el protagonista, quien muchas veces es presagiado a través de nuestras vidas hasta que es revelado como el director y productor de nuestra historia. Su presencia y dirección creativa trae el momento crucial que le da sentido a nuestra historia. Es ese encuentro esencial que es expresado a través de nuestras voces in formas variadas y hace que nuestras historias valgan la pena contarlas y que esos sonidos preciosos valgan la pena escucharlos — dejando ecos persistentes en nuestras almas.

Reflexión: Roca Eterna

Cuando Jesús les enseño a las multitudes lo que reconocemos como el Sermón del Monte, concluyo con una advertencia a los que oían Sus palabras.  El comparo a cualquiera que oía Sus palabras y actuaba fundada en ellas, con una persona prudente que construyo su casa sobre una fundación de piedra.  Aquel que no obedecía Sus  palabras, El lo consideraba insensato por edificar su casa sobre la arena, que cayo cuando las lluvias, los ríos, y los vientos combatieron contra ella.

Cristo es la roca de nuestra salvación.  El es el refugio seguro que nos guarda de las tormentas de la vida.  Cuando las lluvias descienden, encontramos nuestro escondite en El.  No tenemos que correr y buscar un refugio en otra parte.  Fuerte es Su habitación y la paz de Su presencia calma las tempestades en nuestro ser y las que nos rodean.

Cristo es la piedra espiritual que da vida.  Cuando Moisés hirió la peña en el desierto de Zin, agua en abundancia salio de ella para saciar la sed de los hijos de Israel.  Sin embargo, beber la inundación de mentiras venenosas que el mundo ofrece ahoga nuestra alma.  A pesar del diluvió de maneras para gratificar nuestro ser, solamente Jesús nos ofrece esa bebida espiritual que nos lleva hacia una vida de resurrección.

Cristo es la roca inconmovible.  El es la Verdad que permanece a pesar de los vientos cambiantes de filosofías efímeras nacidas de mentes carentes de Dios.  Ideas superficiales caen por sus fundaciones inestables.  La Verdad nunca cambia porque es eterna y los vientos variables a nuestro alrededor, encontraran en El una piedra de tropiezo contra quien ellos no prevalecerán.

Construye un altar sobre la Roca de los Siglos y ofrécele tu vida.  Edifícate sobre la verdad de Su Palabra.  Fortifícate  contra el ataque furioso del enemigo con el poder y la sabiduría de Dios que es Cristo Jesús, para que también puedas ayudar a edificar a otros sobre El.  Solamente edificando nuestra casa sobre la Roca Eterna podemos tener la seguridad que no estaremos empapados de mentiras, lanzados por vientos violentos, y ahogados por las aguas oscuras y profundas de un mundo perdido e insensato.

Reflexión: ¿Sea Hecha Mi Voluntad?

¿Mi? Espera un momento.  ¿No se supone que diga, “Sea hecha Tu voluntad?”  Para nuestro perjuicio, el “Yo” predomina en el corazón orgulloso del ser humano.  Estamos constantemente tratando de llevar acabo nuestra voluntad y gratificar nuestros propios deseos.  Sin embargo, hay una persona que nos reta a pensar, sentir, y actuar diferente a nuestra naturaleza carnal.  Jesús nos enseña a través de la palabra y el hecho, que debemos rendir nuestra voluntad al Padre.  El nos demostró esto cuando oró en el Jardín de Getsemaní.  La magnitud de su angustia mental, espiritual, y emocional encontró una fuente de expresión física a través de su sangriento sudor.  Su carne lucho desesperadamente con el más profundo deseo innato de la humanidad, la preservación del ser.  El escogió someterse a la voluntad del Padre, aunque lo llevase a la muerte.  Su relación intima con el Padre le revelo a El que para verdaderamente vivir uno tiene que ofrecer su tesoro mas valioso, su ser.

La esencia de nuestra alma abarca nuestros pensamientos, nuestra voluntad, y nuestras emociones.  Estas reflejan lo que “yo” pienso, lo que “yo” quiero, y lo que “yo” quiero hacer.  Diariamente nos encontramos con la lucha para suprimir las tendencias egocéntricas que nos afligen como seres humanos, en nuestro esfuerzo para honrar a Dios rindiendo nuestras vidas a su mandato.  El Apóstol Pablo nos enseña que nuestras vidas deben de ser dirigidas por Dios cuando él dice, “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí.”   Esto se puede sentir como un asalto profundo contra el tuétano de nuestras almas…nuestro orgullo…nuestra voluntad…nuestro “yo.”  Sin embargo, recordamos que la caída de Lucifer fue su orgullo.  Como el directo opuesto del orgullo, la humildad se debe mantener cautiva por nuestros corazones.

Una reverente humildad en la presencia de Dios pone nuestras vidas en Sus manos omnipotentes, mientras dejamos de vivir para nosotros.  El Hijo del Dios viviente se convirtió en un siervo humilde a la voluntad de Dios y en torno Dios le otorgo poder en Su vida.  Recordemos que cuando somos débiles, somos hechos fuerte a través de la presencia de Cristo en nuestras vidas.  Cuando vaciamos nuestra voluntad de nuestro ser, permitimos que el poder de Dios reine supremo en nuestras vidas.  Eso es lo que significa vivir para Cristo y que Cristo viva en nosotros.  Cuando entendemos la magnitud de esta verdad en nuestras vidas, gustosamente rendimos todo al Padre, simplemente porque reconocemos que sin Dios nada podemos hacer.

Reflexión: En La Soledad, No Estamos Solos

Hay ocasiones en nuestras vidas cuando sentimos que no hay absolutamente nadie en quien apoyarse.  Algunas de las amistades que manifestaban lealtad han desaparecido.  Nuestra familia está consumida con sus propios problemas.  No hay nadie a nuestro alrededor para llenar ese vació de soledad en lo más profundo de nuestro ser.  Esa podría ser nuestra realidad, pero no es la verdad.  Eso es un juego de la mente que está jugando el enemigo con nosotros en nuestros momentos más vulnerables.  El nos engaña para hacernos creer que verdaderamente estamos solos.  En nuestro dolor nos desesperamos, tratando de llenarnos con amor, amistades, y actividades vanas que nos dejan sintiéndonos más deshidratados espiritualmente que antes.  Bien profundo en nuestra alma una voz gime.  La oímos levemente porque hemos estado oyendo mentiras por tanto tiempo.  Amorosamente y con persistencia está tratando de hacernos reconocer que solo el amor de Dios sacia.  Es a través de experiencias duras que aprendemos a depender solamente en Dios para todo.  Cuando perdemos todo, aprendemos a confiar en Dios porque reconocemos que El es todo lo que tenemos y todo lo que necesitamos.  El nos ayuda a tamizar nuestras vidas y deshacernos de pensamientos, conductas, y relaciones que no nos edifican espiritualmente.  Pasamos por estas etapas en nuestras vidas para poder descubrir que la relación primordial en la vida que nos sostendrá y que nos dará el poder para pararnos firmes en medio de las tormentas que arrasan, es una relación con Dios.

Nosotros nunca estamos solos, aun cuando el mundo nos dice lo contrario. ¿Cómo podemos reconocer la eterna verdad de nuestra dependencia total en Dios, si aparentemente tenemos todo lo que necesitamos?  ¿Cómo podemos verdaderamente amar a Dios sobre todos y todas las cosas si no aprendemos que nunca habrá alguien que nos amará más que El?  Aun a través de la pérdida de un ser querido, reconocemos que la consolación y el cuidado de Dios vale y dura más que cualquier otro.  Su amor es sin paralelo e inextinguible.  Cuando reconocemos el fraude que el mundo ofrece, nos dirigimos hacia la fuente auténtica de nuestra totalidad como seres humanos.  Estar en la misma onda que Dios nos da una recepción mas clara para poder oír la verdad.  La estática de los mensajes que engañan desaparece y oímos palabras de esperanza y consolación.  Nos llenamos con el amor de Dios y Su fuerza, hasta que se desborda y por fin podemos aceptar el destino que Dios tiene para nosotros.